Farm to Fork: la nueva pedrada en Europa que anticipa un desastre ecológico
En
nuestra sociedad polarizada, se abrazan causas con un fervor que rara vez se
aplica a los problemas que realmente afectan a nuestro entorno más cercano.
Estas causas, claro, suelen estar impulsadas por activistas encantados de
formar parte del sueño dorado de algún grupo de presión con suficientes
recursos para que todo parezca una cruzada moral. El problema es que la lógica
de muchos movimientos sociales contemporáneos se basa en la idea de que todas
las luchas están interconectadas: apoyar una implica apoyar todas. Y, por
supuesto, el tema de la comida no podía escapar a esta tendencia.
En
Occidente, donde la seguridad alimentaria es más que suficiente gracias a los
avances tecnológicos en agricultura, las protestas y reivindicaciones que, de
aplicarse, terminarían dañando precisamente al campo, me resultan poco más que
un espectáculo de ciencia ficción. Pero, atención, incluso en un continente que
no pasa hambre y cuyo campo se mantiene fuerte, la insistencia de estas
reivindicaciones ha logrado dar el salto… a Bruselas.
La
ambiciosa estrategia ‘de la granja a la mesa’ (farm to fork) de la Unión
Europea, piedra angular del Pacto Verde Europeo, se presenta como la hoja de
ruta para un sistema alimentario más justo, saludable y, por supuesto,
respetuoso con el medio ambiente. Suena tan perfecto que casi duele. ¿Sus metas
para conseguirlo? Pues medios que harán todo lo contrario: reducir
drásticamente el uso de pesticidas y fertilizantes, y empujar la agricultura
ecológica hasta que un 25% de la superficie agrícola europea sea ‘bio’ para
2030. En teoría, el consumo de productos ‘kilómetro 0’ debería recortar
emisiones de CO2, y Europa podría dormirse satisfecha con su huella
ecológica.
Pero,
como siempre, la realidad tiene un humor negro: menos fertilizantes y
pesticidas significan cultivos más modestos, y por tanto la agricultura
ecológica es menos productiva y necesitaría abarcar más cultivo para alcanzar a
la convencional. Estudios de impacto del USDA y del Centro Común de
Investigación de la UE advierten que el farm to fork podría reducir la
producción agrícola europea hasta en un 12%.
El km0 suena
también muy bien, ya que reduce la distancia que recorren los alimentos, por lo
que teóricamente se reducen emisiones por transporte y se apoya a los
agricultores locales. Pero en la práctica no siempre es tan efectivo porque el transporte
de alimentos suele representar una pequeña fracción de las emisiones totales de
un producto. Si Europa produce menos porque pasa a agricultura ecológica,
necesitará importar más alimentos de fuera para dar de comer a 450 millones de
bocas, y normalmente de países donde la producción es menos eficiente y más
intensiva en emisiones. Resultado: el km0 local no compensa el aumento de
emisiones globales. En otras palabras, fuga de carbono, o como a los activistas
les gusta llamarlo en Bruselas, ‘externalización de la sostenibilidad’.
Mientras Europa se felicita por su reducción de emisiones, el resto del mundo
se come literalmente la factura ambiental: bosques que desaparecen, selvas
convertidas en campos de cultivo, sumideros de carbono arrasados. Pero
tranquilos, que aquí seguimos respirando aire relativamente limpio mientras la
Tierra sufre en el otro hemisferio.
La ironía
final es que la promoción de la agricultura ecológica, pensada para proteger la
biodiversidad local, podría estar provocando lo contrario a escala global.
Europa se siente líder verde mientras exporta deforestación y emisiones a
países con regulaciones más laxas. Todo muy coherente… si ignoramos que el
planeta entero no tiene fronteras ecológicas. En resumen, la estrategia farm
to fork tiene la gracia de convertir, como siempre, una buena intención europea
en un autoengaño.

La idea no es penalizar a los agricultores, sino apoyarlos en la transición hacia métodos más sostenibles, con incentivos, innovación y ayudas específicas. A largo plazo, estas medidas buscan asegurar alimentos más saludables y un sector agrícola resiliente frente al cambio climático.
ResponderEliminarLa agricultura ecológica se ha demostrado hasta la saciedad que no es necesariamente más saludable. Citar el trillado término de resiliencia sirve de poco cuando el farm to fork baje la producción y encarezca la comida, haciéndola más insegura y dependiente de importaciones.
EliminarPues yo prefiero comer de lugares que sé que no han empleado tanto químico y que son locales, no me importa pagar un poco más si me aseguran eso... Y Europa es de sobra autosuficiente. No entiendo tu odio a lo ecológico.
ResponderEliminarGracias por tu comentario Lucía, pero no es odio lo que tengo a lo ecológico. Yo también prefiero los tomates de mi huerta, en veranito cuando toca. Pero estamos hablando de seguridad alimentaria y los métodos ecológicos no la aseguran, ni son más sanos.
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