Entropía, descanso, envejecimiento y otras formas de reparar el caos
Llevo un tiempo pensando en ciertos patrones que parecen conservarse a todas las escalas de la vida y del universo. Uno de ellos es el desorden. El desorden no es simplemente algo que aparece cuando dejamos de prestar atención. Es, de alguna manera, una consecuencia inevitable del movimiento. Movernos, vivir, crecer, pensar, consumir, crear, reproducirnos, explorar… todo aquello que mantiene a la vida en marcha tiene un coste. Para que algo se ordene en un lugar, algo tiene que desordenarse en otro. La vida misma parece sostenerse en ese delicado intercambio: construimos estructuras mientras generamos residuos, organizamos materia mientras disipamos energía. Y quizá una de las consecuencias más extrañas de todo este proceso sea el tiempo. El tiempo parece ser la dirección en la que se acumula todo aquello que ya no puede volver exactamente a su estado anterior. Cada movimiento deja una huella. Cada acción modifica algo. Cada día que pasa añade pequeñas cantidades de desorde...