Entropía, descanso, envejecimiento y otras formas de reparar el caos
Llevo un tiempo pensando en ciertos patrones que parecen conservarse a todas las escalas de la vida y del universo. Uno de ellos es el desorden.
El desorden no es simplemente
algo que aparece cuando dejamos de prestar atención. Es, de alguna manera, una
consecuencia inevitable del movimiento. Movernos, vivir, crecer, pensar,
consumir, crear, reproducirnos, explorar… todo aquello que mantiene a la vida
en marcha tiene un coste. Para que algo se ordene en un lugar, algo tiene que
desordenarse en otro. La vida misma parece sostenerse en ese delicado
intercambio: construimos estructuras mientras generamos residuos, organizamos
materia mientras disipamos energía.
Y quizá una de las consecuencias
más extrañas de todo este proceso sea el tiempo.
El tiempo parece ser la dirección
en la que se acumula todo aquello que ya no puede volver exactamente a su
estado anterior. Cada movimiento deja una huella. Cada acción modifica algo.
Cada día que pasa añade pequeñas cantidades de desorden que después tenemos que
reparar, compensar o simplemente aprender a soportar.
Por eso, para reparar, hay que
parar.
El ejemplo más evidente somos
nosotros mismos. Durante el día estamos expuestos a una cantidad enorme de
estímulos: trabajo, ruido, conversaciones, desplazamientos, decisiones,
preocupaciones, pensamientos. Pero quizá el desgaste más profundo no proceda del
movimiento físico, sino del movimiento mental. La mente produce una cantidad
casi inagotable de actividad: anticipa, recuerda, compara, calcula, imagina,
teme, desea. Y todo ese movimiento deja residuos.
Dormir es, en cierto sentido,
detenerse. Retirarse temporalmente del mundo para permitir que el organismo
haga aquello que durante la actividad resulta mucho más difícil: reparar,
reorganizar, limpiar. Cuanto más profundamente conseguimos detenernos, cuanto
más lejos queda la actividad y más silenciosa se vuelve la mente, mayor parece
ser nuestra capacidad de recuperar cierto orden.
Desde hace un tiempo, además,
estoy trabajando en un supermercado. Y quizá por eso esta idea se me ha hecho
todavía más evidente. Durante el día, cientos de personas entran, caminan,
tocan productos, compran, derraman cosas, dejan residuos, desordenan
estanterías y vacían existencias. El supermercado está diseñado precisamente
para soportar ese caos. Pero cuando llega la noche y desaparecen los clientes,
comienza otra fase.
Los trabajadores recogen lo que
ha quedado fuera de lugar, limpian el suelo, reponen los productos, reorganizan
las estanterías y preparan el espacio para que, al día siguiente, vuelva a ser
sometido a la misma perturbación.
Durante unas horas, el
supermercado permanece relativamente quieto para poder enfrentarse de nuevo al
movimiento.
Hay algo casi biológico en este
proceso. Un supermercado lleno de clientes se parece, salvando todas las
distancias, a un organismo sometido continuamente a estímulos. Los trabajadores
que aparecen cuando cesa la actividad podrían compararse con los mecanismos de
mantenimiento de ese organismo: detectan lo que está fuera de lugar, eliminan
residuos, reparan daños y restablecen las condiciones necesarias para que el
sistema pueda seguir funcionando.
Incluso un barrendero tiene algo
de glóbulo blanco. Ambos aparecen allí donde se ha producido una alteración,
identifican aquello que sobra y trabajan para retirarlo y mantener la
integridad del sistema. Uno limpia una calle; el otro limpia el interior de un
organismo. Uno recoge residuos después del paso de las personas; el otro
elimina restos, agentes extraños y células dañadas. En ambos casos, existe una
especie de trabajo silencioso de mantenimiento que normalmente solo percibimos
cuando deja de hacerse.
Quizá el sueño sea algo parecido.
Quizá necesitamos cerrar temporalmente las puertas de nuestro propio
supermercado interior.
Pero hay algo todavía más
inquietante: mantener ese margen de reparación tiene un precio. El silencio, la
calma, el descanso y la ausencia de pensamientos no aparecen gratis.
Necesitamos tiempo para detenernos. Y ese tiempo también forma parte de nuestra
vida.
Dormimos para recuperar el tiempo
que hemos perdido durante el día, pero al hacerlo consumimos otra parte de
nuestro tiempo. Descansamos para poder seguir moviéndonos, y nos detenemos para
poder volver a empezar. Existe una paradoja en ello: necesitamos perder tiempo
para conservar nuestra capacidad de utilizarlo.
Y, sin embargo, la reparación
nunca es perfecta.
Cada noche podemos reponer las
estanterías, limpiar el suelo y ordenar los productos, pero algo queda
inevitablemente fuera de lugar. Cada ciclo de actividad y descanso deja un
pequeño residuo. El cuerpo se repara, pero no completamente. La mente se calma,
pero no queda exactamente como antes. El organismo recupera el equilibrio, pero
cada vez lo hace con un poco más de dificultad.
Hasta que llega un momento en el
que la limpieza ya no consigue devolvernos al estado inicial.
Eso es envejecer.
Quizá el envejecimiento pueda
contemplarse, al menos metafóricamente, como la progresiva pérdida de
eficiencia de los mecanismos que utilizamos para luchar contra el desorden.
Seguimos reparando, seguimos durmiendo, seguimos descansando, seguimos sustituyendo
piezas y reorganizando aquello que se ha deteriorado. Pero cada ciclo deja una
pequeña diferencia respecto al anterior.
Tal vez vivir sea precisamente
eso: una lucha constante contra el desorden. Nos movemos para mantenernos vivos
y, al hacerlo, generamos desorden. Nos detenemos para repararlo y, al hacerlo,
consumimos tiempo. Volvemos a movernos, volvemos a desgastarnos, volvemos a
parar.
Un ciclo aparentemente
interminable.
Quizá por eso el verdadero lujo
no sea tener más tiempo, sino tener momentos en los que no sea necesario hacer
nada con él. Momentos en los que no tengamos que producir, decidir, pensar,
avanzar ni consumir. Momentos en los que simplemente podamos permanecer quietos
y permitir que aquello que el movimiento ha desordenado encuentre, por sí
mismo, una nueva forma de orden.
Porque quizá esa sea la
contradicción fundamental de estar vivos: necesitamos estar en movimiento para
seguir viviendo, pero necesitamos detenernos para poder continuar.
Y al final, el tiempo siempre
gana.
Cada día abrimos las puertas de
nuevo. Cada día volvemos a movernos. Cada día dejamos algo de nosotros mismos
por el camino.
Y cada noche intentamos, durante
unas horas, ponerlo todo otra vez en su sitio.
Es una lucha contra el desorden.
Y quizá ese sea, precisamente, el
precio de vivir a contrarreloj.
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